La sección de la ciudad tenía exactamente 48 casas. La gran mayoría eran bonitas: unas de un piso, otras de dos y hasta de tres. De diferentes estilos aunque todas parecidas porque tal vez habían sido hechas bajo los mismos patrones arquitectónicos que le daban a la urbanización un sentido de uniformidad tanto en lo estético como en lo económico y lo social. Se podía decir que era una sección opulenta, muy opulenta, en realidad, la más opulenta de la ciudad, tan opulenta que todas las otras urbanizaciones de la ciudad querían parecerse a ella. Sin duda, era la mejor de todas.
Todas tenías amplios jardines con muchas flores, árboles y arbustos al frente, y atrás, todas tenías patios donde las familias tenían la piscina para los mayores y otra pequeña para los niños, columpios, una barbacoa grande de ladrillos y los muebles para descansar y comer los fines de semana.
Las casas eran, como en todas partes, unas nuevas y otras no tan nuevas, pero todas de apariencia impecable, y hasta lujosas. Pintadas. Con doble y hasta triple cochera de portones automáticos para que se abrieran y cerraran al toque de un botón que se podía accionar desde el carro para no tener que bajarse si estaba lloviendo o hacía mucho frío. Sin necesidad de cercas porque allí no había ningún tipo de peligro y por eso los niños dejaban sus juguetes tirados en los jardines. Ni los vecinos tenían paredes o cercas divisorias entre sí, y por eso se cruzaban, y se saludaban y se hablaban entre ellos sin temor de invadirse su privacidad. Además, para ello habían hecho leyes que los protegían contra los que no eran como ellos. Parecían una gran familia porque todos los residentes eran muy parecidos entre sí, a excepción de los empleados que trabajaban allí, ya fuera cortando el césped, limpiando las casas o cuidando los niños, pero éstos se conocían porque también eran respetuosos de las familias que vivían en las casas.
Adentro, las casas eran amplias porque todas tenían varias habitaciones. Las había desde tres hasta de diez, según se podía ver desde afuera, y porque el tamaño las delataba. Estaban adornadas por fuera, y adentro tenían muebles para todos los gustos, tamaños y presupuestos. Tenían sistemas climatizados para las temporadas frías y calientes, de modo que adentro permanecieran resguardas confortablemente tanto de día como de noche en una eterna primavera, que aunque era artificial, era perfecta: silente y sin cambios.
La gente grande salía a trabajar por las mañanas y no regresaba hasta la noche. Los niños se iban a las escuelas en autobuses que pasaban a recogerlos puntualmente por las casas cada mañana, y no regresan sino hasta la tarde. Los mayores que no iban a trabajar y se dedicaban a cuidar los jardines, a leer o a jugar juegos de mesa o ver televisión. Y por supuesto, las casas tenían los animales tradicionales, perros y gatos por doquier.
Con toda seguridad cada casa tenía un perro y un gato, y muchas, varios perros y varios gatos. Los perros no salían de su propiedad, pero los gatos, gatos al fin, sí. Algunos decían que era porque los perros no se aprendían las direcciones de sus casas, o que eran más tontos que los gatos que sí se las sabían y por eso eran capaces de merodear más allá de sus casas, excepto por los castrados que permanecían como adornos de porcelana, mirando, tal vez con envidia, desde las ventanas a los que sí podían salir.
Los gatos, como todos los gatos del mundo, se parecían todos desde lejos a pesar de tener colores y tamaños diferentes. Pero todos gatos de esas casas tenían sus plaquitas que no solo los identificaban con su nombre y su número, sino hasta con su dirección, y esto no solamente demostraba que eran tan de ese vecindario como sus dueños sino que estaban cumpliendo con las leyes sanitarias por habérseles vacunado contra todas esas enfermedades que suelen trasmitir los gatos, especialmente a los humanos. Eso también permitía, que si un gato intruso apareciera en el vecindario, se supiera de inmediato, y los gatos de adentro estaban de acuerdo.
Pero como nada es perfecto en este mundo, el vecindario tampoco lo era, porque a pesar de que tenía casas muy bonitas y jardines muy bellos, calles muy amplias, limpias e iluminadas, esa belleza atraía también cosas indeseables. En este caso, aquellos animales que no se podían evitar que aparecieran a pesar de las medidas que se tomaran. Por eso, en las casas también había arañas, cucarachas y ratones. A las arañas y otros insectos se les atacaba con fumigaciones y pesticidas, pero para los ratones, los enemigos naturales eran los gatos. Pero en ese vecindario los gatos eran diferentes: no todos comían ratones, en parte porque tenían tanta comida que no tenían por qué buscar más, y en parte porque los ratones aumentaban con más rapidez que los gatos. Así que el problema se volvió con el tiempo uno de simples matemáticas, o tal vez de estadística: los ratones se empezaron a apoderar de las casas.
La proliferación de roedores al principio pasó desapercibida, como en todos esos casos, pues los humanos poco se dieron cuenta hasta que empezaron a notar, sobre todo en las alacenas y las cocinas, las huellas infalibles de que estaban siendo invadidos por los grises roedores. Y la primera respuesta fue hacer comentarios a los vecinos que confirmaron la triste noticia de que sus propios gatos no estaban cumpliendo con sus deberes.
Y la respuesta más natural fue dejar que vinieran gatos de otras urbanizaciones. Pero las matemáticas de la naturaleza empezaron a favorecer a los roedores que seguían creciendo a una velocidad más rápida que los gatos se los podían comer. Y así, los gatos que vivían en otras urbanizaciones atraídos por la oferta de ratones, empezaron a llegar.
Y les abrieron las puertas, y los invitaron con ofertas increíbles ofreciéndoles cama y techo, algo que obviamente escaseaba en los otros vecindarios. Y siguieron llegando los gatos. No solamente venían de la urbanización vecina, donde escaseaban los ratones, sino de las de más allá, donde también había escasez de ratones y se habían corrido los maullidos que en esa urbanización sobraban roedores para todos los gatos del mundo: blancos, negros, marrones, de pintas, de rayas, moteados, altos y bajos, como fueran, los recibían con los brazos abiertos, los dejaban entrar y salir, quedarse, sentirse como si estuvieran en las mejores casas del mundo, como si fueran de ellos, sin importarles la raza, el color y su condición, porque los necesitaban, y muchos gatos, sin pensarlo dos veces, se fueron a las casas de los ricos a comer ratones, porque según decían los gatos, no sabían por qué los gatos de esas casas, se comían a los ratones.
Pero las matemáticas, que no perdonan porque son exactas, llegaron al punto donde empezaron a darle vuelta a los números sin que los gatos invasores, ni lo supieran ni pudieran hacer nada, y un mal día, los roedores empezaron a escasear, al punto que los gatos que habían venido de otros vecindarios empezaron a sobrar, y se dieron cuenta que los ratones habían disminuido, y los dueños de las casas llegaron a la indiscutible conclusión que ya no necesitan a los gatos extranjeros porque los gatos de sus casas podían controlar a los ratones, como era antes.
Pero los dueños de las casas que ya estaban decididos que no había más necesidad de tener a los gatos invasores, les dijeron que se fueran por donde habían venido, que ya no los necesitaban. Esta situación no la entendieron los gatos porque ya todos los felinos habían hecho allí su hogar. Ahora era imposible saber cuántos eran unos y cuántos eran otros porque todos se parecían por sus rayas y sus colores, y se habían cruzado con los gatos de las casas bonitas, pero tenían que irse porque ya no había ratones que cazar. El sueño había terminado para los gatos que habían venido en busca de un mundo mejor. Esa era la ley.
Cuando los gatos venidos de afuera se empezaron a regresar, aunque no todos pues algunos se quedaron a pesar de que los perros y otros gatos se habían convertido en sus perseguidores, los ratones se alegraron porque dijeron que todo iba a ser como antes.
¡Volverán!, dijo uno de los ratones más viejos, porque yo los he visto ir y venir en otras ocasiones. Volverán porque todos sabemos que la razón no somos los ratones sino los dueños de las casas que nos culparon a nosotros que no recogían la basura porque les sobraba la comida, y no a las circunstancias ni a ellos mismos. Y eso fue, dijo el ratón viejo, una razón política.
Ellen Bustero














