La Real Academia de la Lengua dice escuetamente la definición de terrorista: el que practica actos de terrorismo. Los que se alzaron contra el Zar Nicolás de Rusia, los llamaron enemigos; los que se unieron a la resistencia contra los invasores alemanes, los llamaron enemigos; los que se alzaron contra el general presidente, los llamaron guerrilleros; los que se alzaron contra el ejército invasor, los llamaron terroristas. Todas esas definiciones tienen dos cosas en común: las clasificaciones negativas han sido hechas usualmente por el Gobierno de un monarca intolerante, o de un ejército invasor, o un militar que ha usurpado la presidencia, y otra, que podemos ver cómo la definición de enemigo ha ido cambiando con el tiempo, o sea, depende de quién y cuándo la haga. La última moda es llamarles terroristas, porque después de todo organizar un lío político armado, es terrorismo, así sea por una buena causa porque ésta depende de quien la clasifique En síntesis, los calificativos los hace el Gobierno, y la prensa solo los difunde y la gente se lo cree. Punto.
En la década de los cuarenta y de los cincuenta la América Latina se llenó de dictadores militares que tumbaron a los incipientes gobiernos democráticos elegidos, que no duraron, muchos de ellos, ni siquiera el período completo. En esos años, prácticamente todos ellos, con la anuencia de la Casa Blanca, del Departamento de Estado y la CIA, estos dos últimos entes dirigidos por los hermanos Dulles, hicieron que los militares latinoamericanos crearan el fantasma de la Guerra Fría contra el comunismo para acabar con aquellos movimientos nacionalistas que clamaban por mejoras laborales, y en nombre de la defensa hemisférica y la oposición a la URSS, se aplastaran a los que los militares denominaron movimientos de izquierda, sin saber que el verdadero movimiento de izquierda pro Unión Soviética y China comunista surgiría realmente después de la llegada de Fidel Castro a Cuba en 1959.
Los pocos países que se salvaron de continuar bajo dictaduras militares fueron aquellos que lograron tener elecciones libres y elegir gobiernos civiles, muchos de los cuales todavía los conservan. Pero aún podemos recordar los nefastos gobiernos de figuras retrógradas y autoritarias que llegaron a sus máximas expresiones en los terribles gobiernos de los militares del Cono Sur y Centroamérica.
Hubo, sin lugar a dudas, una terrible jugada del destino, si queremos encontrar una salida fácil a la Historia, cuando se pudo haber salido de los gobiernos militares, pero al llegar Fidel Castro se repitió el triángulo fatídico de la Casa Blanca, el Departamento de Estado y la CIA interviniendo en la América Latina a nombre de la democracia, y en cierta forma, como una respuesta a los guerrilleros castristas, que eran una minoría, y los movimientos nacionalistas que sí eran mayoría, que había en los movimientos sindicales y en las universidades. Todo se puso en la misma licuadora política y los que luchaban contra la democracia venezolana y la dictadura brasileña, por dar dos ejemplos dispares, adquirieron las mismas características ante la prensa mundial: todos eran guerrilleros porque estaban contra el Gobierno, aunque uno era democrático y el otro dictatorial.
Cuando Lula llegó al poder lo tildaron del gran presidente comunista que destruiría a Brasil porque nacionalizaría al único país con una economía realmente emergente en la América Latina. Lo pintaron de rojo. Los sindicalistas procastristas creyeron que les entregarían las fábricas, y los grandes capitales amenazaron con no invertir más, y probablemente a Castro se le aguó la boca porque mandaría su revolución al país carioca. Chávez corrió a ofrecerle alianzas con dinero y apoyo político, pero Lula defraudó a las voces agoreras de profetas del pesimismo. Sin que interviniera el Pentágono de Bush, Wikileaks dixit, Lula resultó ser el mejor presidente de toda la América Latina de la década pasada. Brasil está hoy mejor que nunca, y en gran parte, gracias a una política de emprendimiento social, desarrollo tecnológico y educativo. Los otros países bien podrían aprender de él.
No todos los que lucharon contra los militares eran terroristas; guerrilleros, tal vez, con seguridad, porque era una forma de luchar, no una copia de la izquierda fidelista. No es el caso de los resentidos sociales que llegaron con Chávez al poder y que cada vez intentan más copiar a Cuba como si ella fuera algo digno de repetirse en la historia política de la humanidad, y que muchos de ellos, al menos los más viejos, fueron terroristas que pusieron bombas y mataron civiles y nunca lograron llegar democráticamente al poder y por eso optaron por engañar en los incautos con cantos de sirena de un socialismo que es sino una gran corrupción.
Ellen Bustero













