El otro día tuve la oportunidad de ir a un restaurante mexicano recién abierto en la avenida University Boulevard. Me impresionó positivamente su decoración por la combinación de temas y tonos mexicanos, aunque lamentablemente en una visita no se pueden apreciar las variedades de la comida mexicana porque es la más extensa del continente, lo que más me impresionó fue que la mayoría de los meseros que nos atendieron eran hispanos, lo que le añadía al toque de ambientación que deseaban darle al sitio. Y por qué no, si cuando uno va a un restaurante alemán espera ver a los meseros que parezcan alemanes, o a un restaurante chino, que parezcan chinos, y así sucesivamente. Pero el punto que me vino a la cabeza fue eso de ver en esos muchachos a lo que uno cree que es ver a un hispano, esa definición totalmente indefinida y contradicha que uno encuentra en los documentos académicos y gubernamentales, en la mente de los que creen que ser un hispano debe parecer ser de tez oscura, bajito, hablando con acento y de escasa educación. ¡Cuántas equivocaciones juntas!
Por supuesto que no me dejé llevar por los nombres que tenían los muchachos en sus etiquetas, trasplantados y atrofiados como les gusta aquí decirle al que se llama Enrique y pasa a ser Henry y si posible a Hank, o de Alberto reducido a Al. De ese mal el mundo entero está lleno: a la pobre nueva rica princesa inglesa le pusieron Katty y ella se llama Catherine. Es difícil pensar que una reina se llame Katty. A Obama no han podido recortarle el nombre, quién sabe si eso tenga que ver con su origen. Ni a los ricos, como a Donald Trump, o a Donald Duck, porque ellos no se dejan rayar el nombre. Aquí todo se transforma porque este el país de la transformación. Se vive soñando en la transformación porque se cree que allí está la liberación del pasado, y todo lo hispano es importado. Lo europeo no.
Pero es que nadie aquí se ha puesto de acuerdo en quién son los hispanos. Ni los textos gubernamentales ni los académicos se han puesto de acuerdo, pero los policías sí. Ellos saben cómo son, y desde lejos. Pero yo he visto esa misma descripción en el centro de Europa, y hasta cerca de los Urales. En Irlanda, por ejemplo, hay muchos irlandeses bajitos, oscuros, de poca educación y con mucho acento…en inglés. No voy a añadir que casi todos son católicos, como los hispanos. No hay relación. Pero aquí no quieren saber que los ingleses, los del sur de la isla, no tienen nada que ver con los del norte de la isla, los escoceses, esos que hablan con la boca cerrada. Muy distintos de los vecinos del continente que hablan el inglés tan igual que un británico, pausados, doblando las erres, que uno no puede saber si nacieron en Berlín, Copenhague o Londres. Todo es cuestión de acento, ojos azules y tez muy blanca, excepto los que van a Mallorca, por supuesto, o al Caribe. No los que vienen a Orlando.
Entonces, ¿por qué aquí los hispanos son esos precisamente que los políticos quieren singularizar por su apariencia y no por su legalidad? ¿Por qué es un ciudadano (legal) el que se llama Erick si firma Bertoni, o Ralph si firma Strauss, o John si firma Windsor? O, ¿por qué si se llama Alan y firma García, continúa siendo hispano, como si fuera de otra raza distinta a la única raza a la cual pertenecemos todos: la humana?
Porque tienen mala memoria. Porque prefieren decir que todos somos iguales, solo que unos somos menos iguales que otros. Porque hablamos con acento, como si Arnold no lo hiciera, pero de él nadie piensa mal, excepto María. Porque no tenemos la misma estatura. Porque llegamos antes que ellos llegaran a este continente. Porque todavía no logran asimilar que entre los que no son hispanos en este país, la mayoría de los apellidos son de origen alemán, inglés, nórdico, escocés, italiano y hasta ruso, y así se sigue alargando la lista, pero que creen que esos apellidos son de aquí, y resulta que “de aquí”, no hay nada, excepto los indígenas, y ellos no firman así.
La principal característica de la memoria es que es selectiva: nos acordamos de lo que queremos, y si no nos gusta, lo cambiamos para que nos cuadre. En ella no hay espacios para pasados incómodos sino para futuros aunque sean inciertos, y si posible, fantasiosos. Por algo se dice”soñar no cuesta nada”. Esa es la parte que mucha gente aquí no logra comprender que este país no será un solo país hasta que no conviertan en una realidad eso que está escrito en la esencia de lo que este país debe ser: de muchos, uno. Es cuestión de mala memoria.
Ellen Bustero













